Género y Diversidad

Carta abierta de Publicitarias y Feminacida: la industria tiene que cambiar

En el marco del Día Internacional de la Mujer Trabajadora la ONG Publicitarias y el medio Feminacida redactaron una carta para reiterar los reclamos históricos de mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexuales, no binaries y feminidades intersex trabajadoras de la Industria de la Comunicación, el Marketing, la Publicidad y el Periodismo para exigir un ámbito laboral y un ejercicio de la profesión más equitativo, inclusivo y diverso. 

Por Redacción Feminacida. RMD • 10/04/2023 09:09 • Tiempo estimado de lectura: 16 minutos

Voces de personas y organizaciones expertas en cada temática, fueron invitadas para redactar una nota sobre uno de los reclamos de la carta en el cual tuvieran experiencia, para profundizar sobre el tema.


Derechos maparentales | Por Melisa García, abogada feminista, presidenta y fundadora de Abofem Argentina

Uno de los grandes desafíos a la hora de hablar de igualdad, entre muchas comillas, es poner en valor las tareas de cuidado y el reconocimiento económico de ellas. En el mundo del trabajo, es fundamental  la eliminación de la romantización de las tareas de cuidado y la carga en forma exclusiva en las mujeres que maternan, disfrazándolas de discursos  de amor y entrega. Esto lo podemos ver cristalizado en el hecho de no equiparar las licencias por mapaternidad, no crear espacios aptos para la lactancia, solo como para ejemplificar y claramente encubriendo, de esta forma, el hecho de que aún  la maternidad deja a la mujer  inmediatamente excluida del mercado laboral, coartando el crecimiento y desarrollo profesional. Si bien existe un proyecto de ley que busca ampliar las licencias laborales que contempla lo antes mencionado, hasta el momento no ha habido más avances al respecto. 

Las licencias laborales por nacimiento de unx hijx, o por cuestiones relativas a su salud, al equiparse entre  varones, mujeres y por supuesto para identidades diversas, tiene un doble significado: por un lado,  la igualdad entre quienes eligen mapaternar como plan de vida y que necesitan de licencias de igual plazo para dedicar tiempo de calidad a la crianza, y por otro, reconocer que no es una carga meramente de la mujer, que su vida no se agota en la maternidad y que su actividad profesional también es importante y, por lo tanto, no debería quedar expulsada o limitada de la vida profesional. 

Quienes eligen mapaternar no tienen los mismos derechos y siempre la relegación de la vida profesional recae sobre las mujeres. Con esto no busco en lo absoluto una mirada binaria, sino que cuando hablamos de diversidades tenemos que mencionar que aún están muy por fuera de acceder al trabajo formal. Este hecho me lleva a decir que aún buscamos a Tehuel, un varón trans que fue a buscar un empleo y no volvió más. 

Cuando avanzan los discursos que mencionan con total liviandad que “todos somos iguales, que tanto varones y mujeres podemos acceder de igual forma a puestos de trabajo”, tengamos en cuenta  que  no es tan así, ¿por qué no lo es? Porque mientras no se equiparen las cargas de los cuidados de manera equitativa, mientras no accedan al trabajo formal las diversidades, las desigualdades se seguirán perpetuando. Esta es una de las tantas explicaciones de porqué vivimos en una sociedad tan desigual en la que no todes podemos ejercer nuestros derechos libremente. Al fin y al cabo, los derechos, sin su aplicación efectiva, son normas escritas que tenemos que tomar como base para seguir luchando y que se garantice real  su ejercicio.


Cuidado de la salud | Por Cristel Fabris, licenciada en Psicología, sexóloga clínica, especializada en violencia de género y ESI

De un tiempo a esta parte, asistimos a una idealización de ciertos trabajos que ofrecen múltiples (aparentes) “beneficios”. ¿Por qué decir “beneficios”? Porque son las condiciones laborales esperables, no debería ser algo a valorar, porque estas condiciones deberían estar presentes en todos los trabajos. Basta con ingresar a la plataforma laboral más conocida, para observar la excesiva cantidad de anuncios en la que estos “beneficios” se enlistan: trabajo remoto y la posibilidad de trabajar en cualquier parte del mundo, junto con oportunidades de supuesto crecimiento y desarrollo, con una “cultura del trabajo cálida y agradable”. A esto se le suma un supuesto “tiempo libre auto administrado ilimitado” y bonos basados en rendimiento.

Pero, ¿cómo evalúan las empresas y trabajos el rendimiento? Generalmente, por no decir únicamente, lo que se contempla es la productividad: mayor ganancia, ausentismo cero, disponibilidad full time, trabajo remoto para que “no tengas excusa”, total si te enfermas, podes conectarte igual a un zoom, ¿no?

¿Es angustia o capitalismo? Si algo nos inoculó el capitalismo, es el mandato de productividad: La percepción de aquel tiempo en el que no generamos dinero o en el que no realizamos actividades “productivas”, como tiempo muerto o como una pérdida. La productividad suele estar asociada al crecimiento personal, profesional y/o económico. Cuando no realizamos actividades de este estilo, las percibimos como un estancamiento. El estancamiento es percibido como fracaso, y el fracaso es vivido como angustiante. La angustia es vivida entonces, como una pérdida de tiempo. Hay que resolverla ya para volver a ser funcional, pero ¿funcional a qué?

La realidad es que la conquista de los derechos laborales de las mujeres aún está en proceso. Circulan muchas palabras o frases, principalmente en redes, para describir lo que se observa: techo de cristal, piso pegajoso, que representan bien lo que sucede. Sin embargo, creo que, en algún punto, son expresiones que hasta romantizan lo que sucede. Se utiliza la metáfora del techo de cristal, para señalar que las mujeres no acceden a puestos jerárquicos, y la del piso pegajoso, se usa para demostrar cómo suelen permanecer en puestos de menor calificación, aunque tengan todas las credenciales y conocimientos para poder ascender. De lo que debemos hablar es de la brecha salarial, de la doble y triple jornada laboral, y de la demanda que existe par que seamos productivas, sin contemplar nada de lo que pueda suceder a nuestro alrededor, o en nuestros cuerpos (y almas).

Actualmente, los directivos (hay que nombrarlos en masculino, porque el porcentaje sigue siendo ampliamente masculino) “aceptan” con mejor cara, un certificado médico que indique un malestar “físico” (como si el dolor físico se pudiese ubicar, por ejemplo, en la rodilla, encapsulado allí, produciendo efectos sólo en la rodilla, y no pensamientos, preocupaciones, sentimientos), a un malestar de tipo psicológico: “¿crisis de ansiedad? Que exagerada. Solo te pusiste un poco nerviosa”. ¿Cómo se observa esto? En el mero hecho de un certificado hecho por les psicologues, pareciera tener menor validez, que uno hecho por les profesionales de la medicina. Además, en muchos lugares, existe una especie de persecución a quienes presentan licencia psiquiátrica, que no existe cuando se presentan otros certificados médicos.

“Prefiero decir que me duele la panza a decir que tuve una crisis de ansiedad”, suele escucharse. No es azaroso ni sorprendente que esto ocurra: los espacios de trabajo no contemplan la salud mental como una parte fundamental de las personas (quizás porque algunos trabajos no contemplen a sus empleades como seres humanos a los que les pueden ocurrir afecciones). Algunos hasta creen que, con pagar un sueldo, “nadie debería quejarse”. No cuentan con protocolos de acción para situaciones en las que las personas necesitan algún tratamiento o acompañamiento específico, ni que hablar de protocolos para situaciones de violencia por motivos de género o discriminación.

Lamentablemente, aún se encuentra muy vigente la creencia de que les profesionales de la psicología SOLO, Y ÚNICAMENTE, podrían serle “útil” a una empresa o trabajo, en términos de recursos humanos, y se reduce esta área a selección de personal, y a veces, en el mejor de los casos, a capacitaciones sobre temas específicos. En este sentido, considero importante poder tener en cuenta y siempre presente, lo que se espera de les psicologues: “Los psicólogos se comprometen a asumir sus responsabilidades, profesional y científica, hacia la comunidad y la sociedad en que la que trabajan y viven. Este compromiso es coherente con el ejercicio de sus potencialidades analíticas, creativas, educativas, críticas y transformadoras. Los psicólogos ejercen su compromiso social a través del estudio de la realidad y promueven y/o facilitan el desarrollo de leyes y políticas sociales que apunten, desde su especificidad profesional, a crear condiciones que contribuyan al bienestar y desarrollo del individuo y de la comunidad” (Código de ética de la Federación de Psicólogos de la República Argentina, Fe.P.R.A., 2013).

Entonces, ¿por qué no pensar como un real beneficio, que los espacios laborales puedan contar con profesionales de la salud mental para abordar diferentes situaciones? Creer que porque se trabaja en determinado rubro significa directamente que las personas no “necesitan” o no van a necesitar atención, es desconocer por completo la dinámica social de la que somos parte. El trabajo, en sí mismo, es un gran factor de ansiedad: ansiedad de rendimiento, por tener la preocupación de que si mi rendimiento no es el mejor pueden echarme, de que por la situación económica local y mundial, pueden echarme. Ansiedad porque no puedo ponerle un freno a situaciones que ocurren en el entorno en el que estoy. Ansiedad porque quizás el trato que recibo no es el mejor, pero no puedo transmitirlo por miedo a quedarme sin trabajo. Ansiedad porque el sueldo no me alcanza y si expreso esto, quizás me quede sin trabajo.

¿Y si a eso le agregamos otros factores que hacen a la vida misma? La psiquiatrización de la violencia, es sin duda, uno de los temas que deberían estar en la agenda política y social. Las consultas por las consecuencias de haber estado en una relación en la que había violencia han crecido significativamente, y en muchas ocasiones, implican consultas con diferentes profesionales de la salud. El aumento en el consumo de medicación para cuadros de ansiedad y depresión es el resultado de años de violencias padecidas y complicidades de diferentes sectores de la sociedad.

¿Y si a esto le agregamos todas las situaciones en las que puede estigmatizarse o discriminarse a las mujeres e identidades feminizadas? ¿Pensamos cómo es el acceso al trabajo para las mujeres trans? ¿Cómo es el contexto laboral para una mujer racializada? ¿Cómo se piensa la precarización y la salud mental?

Por otro lado, es necesario pensar en la frase “trato de no llevarme a casa, las cosas que son del trabajo”, como si nuestra mente trabajara en compartimentos perfectamente separados, en los que se delimita la información, sentimientos y pensamientos sin generar efectos. Siguiendo esta línea, ¿tendríamos que no llevar al trabajo, las cosas que son personales? Acá es donde recordamos una frase fundante de los feminismos: Lo personal es político. No podemos ni debemos priorizar “la imagen” que puedan tener de nosotras en un trabajo, por encima de nuestra salud mental. La patologización de la tristeza, la persecución de la angustia: todo debería: a) evitarse lo más que se pueda, b) ocultarse a cualquier costo, c) resolverse lo antes posible, d) no involucrar a nadie del trabajo o empresa. Durante mucho tiempo, esos eran los mandatos tácitos de los trabajos: lo privado no nos interesa mientras que nos seas funcional. Y triste o ansiosa, no generas lo que generas si estás contenta. Pero tampoco como empresa contemplo lo que te pasa, no pongo a disposición recursos para ver cómo puedo aliviar la carga que sentís, no me involucro. Es tu problema y tenes que resolverlo si queres seguir trabajando.

Entonces, en términos laborales (y en casi todos los ámbitos de la vida), la salud mental incomoda porque nos enseñaron a ocultarla: la revolución de las feministas de esta época será poner la salud mental en agenda. La soberanía de nuestros cuerpos debería implicar que no estigmaticemos más lo que sentimos y que nadie nos haga sentir que la perfección, en todos los sentidos, a lo que deberíamos aspirar. La perfección no existe, tiene un costo (o costos) que cuando aparecen suelen funcionar como alarmas tardías: “me estaba molestando, pero preferí dejarlo pasar hasta que exploté”. Las mujeres, como en toda nuestra historia, hemos sido siempre tratadas como “las locas”, que se enojan, que se angustian, que no estamos estables. Debemos ser sumisas, principalmente en el trabajo, porque pareciera que bastante que tenemos uno, no va a ser cosa que queramos ganar como los varones o hacer una carrera y querer ascender. Pareciera que, para ascender, en muchos trabajos, hay que comportarse como los varones, y justamente lo que ellos hacen es esconder todo tipo de emoción (a menos de que sea una expresión de ejercicio de poder o una explicación sobre cómo hacer el trabajo que ya sabemos hacer).

Insistimos en poder trabajar en condiciones humanas, en las que se nos entienda y piense como humanas: con ansiedades, tristezas, angustias, dolencias y padecimientos. ¿Qué diferentes serían los contextos laborales si se pudiese contar con un equipo que esté dispuesto a acompañar un proceso? ¿Un equipo que pueda cuidar a quienes cuidan de otres? Como fue citado anteriormente, a través del Código de Ética profesional, les profesionales de la psicología podríamos tener un rol mucho más activo en términos de lo colectivo: poder realizar una primera escucha, en la que las trabajadoras puedan percibir que, si necesitan días para duelar a alguien, lo puedan tener y eso no va a implicar poner su trabajo en riesgo. Una primera escucha en la que puedan hablar de lo que genera volver a trabajar siendo puérperas, con un cuerpo cansado, y que esto no implique que “no rinden” y por ende su trabajo pueda estar en riesgo. Los equipos de salud mental en los trabajos, pueden implementar medidas para aliviar cargas emocionales que la mayoría de las veces, “la gerencia” no ve y desconoce, y cuando llegan los certificados, piden explicaciones y aceleraciones en los procesos de reincorporación, sin una auto evaluación, en muchos casos, de por qué puede una persona experimentar ansiedad o tristeza en el trabajo.

Celebro que haya empresas que puedan ofrecerle a sus empleades la posibilidad de realizar actividad física, ya sea a través de descuentos en abonos en lugares, o porque les brindan clases de yoga, por ejemplo. Esto no se trata de desmerecer la actividad física, porque su efecto está más que comprobado. El punto es comprender que seguimos ocultando y estigmatizando la salud mental; la seguimos aislando, como si eso no aislara a quien la padece. Las mujeres tenemos ya demasiadas cargas mentales, como para tener que “estar bien” para el resto y que no aparezca el temor a perder el trabajo. Debemos hacer malabares ya para conseguir y mantener un trabajo, contemplando que aún se pregunta en las entrevistas, si consideramos tener hijes o si tenemos pareja, ¿además tenemos que hacer malabares para que nadie se entere si nos sentimos mal? ¿o tenemos que hacer malabares para que en nuestro legajo no aparezca que acudimos a profesionales de la salud mental para que no se nos estigmatice? ¿o además también tenemos que hacer malabares para que se respete nuestra identidad y no se nos juzgue por nuestras elecciones y expresiones?

Empleadas contentas serán las que puedan experimentar esas emociones. No hay fórmulas para eso, pero sí sabemos todo lo que no queremos vivir en los contextos laborales, y cómo podrían mejorar. Empleadas contentas serán las personas que tengan redes de contención dentro y fuera del trabajo, que sientan que pueden desarrollarse y que nadie las va a juzgar por eso, así como puedan también saber que pueden experimentar vulnerabilidad y eso no las hace menos “útiles”.


Representación | Por Samanta Alonso, comunicadora feminista y militante gorda

Si bien los feminismos atravesaron la comunicación permitiendo que los medios, las marcas y las publicidades contengan una mayor representación de identidades diversas, todavía se perpetúan muchos estereotipos. 

Desde mi identidad política como persona gorda, entiendo que hay algunos cuerpos gordos que aparecen —lo cual es muy importante, porque cuando uno se ve reflejado en cualquier lugar público se habilitan nuevas posibilidades—. Sin embargo, se siguen eligiendo aquellos que son funcionales al sistema: mujeres blancas, cisgénero, altas, con curvas. 

Si hablamos de gordura, hay una gran diversidad de tipos de cuerpos y de identidades, pero en general las personas que aparecen en distintos espacios de la comunicación entran dentro de los cánones de lo mainstream. 

La comunicación hegemónica nos hizo mucho daño, sobre todo a las feminidades, a través de la reproducción de estereotipos de belleza. Nos dijeron que si no teníamos cierto cuerpo no valíamos. Yo crecí con la idea de que se iban a burlar de mí, de que no podía ser una persona exitosa y que no podía hacer lo que quería porque había nacido con un cuerpo que no es el que se espera. Nunca había entendido de dónde procedía todo esto, hasta que me crucé con el activismo gordo y puse politizar mi identidad. 

Por eso, entiendo que al representar a las identidades y cuerpos diversos no sólo reconocemos que existen, sino que también valoramos sus experiencias y sus derechos. La comunicación hizo un gran daño histórico a las identidades diversas que hace muy poco tiempo comenzó a ser problematizado.

Hoy es muy importante que a la hora de comunicar se piense siempre desde la diversidad, y no ya desde la hegemonía. Hay que apostar a una comunicación que incomode, a una comunicación que realmente tenga ganas de incluir, que no solamente cumpla con un cupo.


Te invitamos a sumarte firmando la carta para exigir que se lleven adelante acciones para transformar el ejercicio de la profesión y garantizar un ámbito laboral inclusivo, equitativo, diverso y libre de violencias.

FUENTE: Redacción Feminacida